Un día cualquiera me despierto a las 5 am. Me levanto sin sueño, sin cansancio acumulado, sin pereza, con ganas de comerme el mundo. Me esfuerzo por ayudar a mi hija a que salga feliz y a tiempo a su colegio, y a mi esposo a su trabajo, no sin antes tomarnos los minutos adecuados para desayunar juntos y contarnos que hay de nuevo.
Cuando ellos salen de casa me tomo un tiempo para degustar un delicioso té y contemplar mis plantas. Estoy en capacidad de reconocer las diferencias entre cómo estaban la mañana anterior y como están hoy. Eso es Zen.
Tambien tengo tiempo para jugar con el perro.
Luego salgo a hacer deporte, sin prisa pero con energía. Me siento libre de correr, nadar o montar en bicicleta. Es bueno poder hacerlo de día, sin el peso de una larga jornada laboral, sin el hastío de un eterno y congestionado viaje de retorno a casa.
Al regreso hago la limpieza. Limpio mi espacio vital cual si fuera mi propia alma. Se llama samu. Y eso tambien es Zen. Una cosa no es mas importante que la otra, no hay tareas mejores o peores. Barrer, limpiar, ordenar, arreglar el Ikebana ... se trata de buscar equilibrio y armonía para el resto del día.
Después tomo una ducha y me dispongo para mi trabajo creativo. En un espacio simple pero armonioso que he dispuesto en mi hogar, el cual combina de maravilla con mi musica favorita. Puedo leer ese libro que tengo pendiente, escribir ese texto urgente o programar un rato. Puedo imaginar y crear hasta que llegue la hora de salir a atender mi negocio.
Lo primero que hago al llegar allí es tomar un delicioso y saludable almuerzo, en ese sitio al que me he dedicado con tanto amor durante tanto tiempo. Libros, plantas, arte, agua en movimiento, olores a té y café me rodean. Puedo observar a mucha gente disfrutando de ese ambiente, que le resulta propicio para trabajar, estudiar, aprender, compartir o simplemente ser, simplemente estar. Me siento orgullosa de ello.
Terminando de almorzar me dedico a mis tareas administrativas: enviar y responder correspondencia, actualizar páginas, revisar cuentas, planear gastos, todo aquello que sea necesario para que mi negocio funcione como un relojito. Sin pausa pero sin prisa, pues mi hija pronto llega del colegio.
Cuando ella llega, el sitio se vuelve aún más vivo y hermoso. Su sonrisa y sus ganas de vivir lo iluminan todo. Puedo disfrutar tranquilamente unas horas de la tarde para compartir con ella, ayudarla con sus tareas, saber cómo estuvo su dia y contarle como ha sido el mío, hablar sobre el libro que cada una está leyendo. Poder estar ahí para ella.
Al final de la tarde tengo oportunidad de compartir con alguien, algo de lo poco que sé. Una charla, una clase o una lectura compartida me permiten devolver algo de todo lo que he recibido de la vida.
Puede que al caer la tarde lleguen algunos amigos y familiares. Me alegra tener tiempo para recibirlos y poder dedicarnos al hermoso pasatiempo de la tertulia. Cómo disfruto poder tomar una cerveza con ellos y al mismo tiempo con Gabo, Borges, Kafka, Urasawa, Murakami, Vallejo, Kundera, Saramago, Poirot o Los Hermanos Karamazov.
Por que no?
Cuando ellos salen de casa me tomo un tiempo para degustar un delicioso té y contemplar mis plantas. Estoy en capacidad de reconocer las diferencias entre cómo estaban la mañana anterior y como están hoy. Eso es Zen.
Tambien tengo tiempo para jugar con el perro.
Luego salgo a hacer deporte, sin prisa pero con energía. Me siento libre de correr, nadar o montar en bicicleta. Es bueno poder hacerlo de día, sin el peso de una larga jornada laboral, sin el hastío de un eterno y congestionado viaje de retorno a casa.
Al regreso hago la limpieza. Limpio mi espacio vital cual si fuera mi propia alma. Se llama samu. Y eso tambien es Zen. Una cosa no es mas importante que la otra, no hay tareas mejores o peores. Barrer, limpiar, ordenar, arreglar el Ikebana ... se trata de buscar equilibrio y armonía para el resto del día.
Después tomo una ducha y me dispongo para mi trabajo creativo. En un espacio simple pero armonioso que he dispuesto en mi hogar, el cual combina de maravilla con mi musica favorita. Puedo leer ese libro que tengo pendiente, escribir ese texto urgente o programar un rato. Puedo imaginar y crear hasta que llegue la hora de salir a atender mi negocio.
Lo primero que hago al llegar allí es tomar un delicioso y saludable almuerzo, en ese sitio al que me he dedicado con tanto amor durante tanto tiempo. Libros, plantas, arte, agua en movimiento, olores a té y café me rodean. Puedo observar a mucha gente disfrutando de ese ambiente, que le resulta propicio para trabajar, estudiar, aprender, compartir o simplemente ser, simplemente estar. Me siento orgullosa de ello.
Terminando de almorzar me dedico a mis tareas administrativas: enviar y responder correspondencia, actualizar páginas, revisar cuentas, planear gastos, todo aquello que sea necesario para que mi negocio funcione como un relojito. Sin pausa pero sin prisa, pues mi hija pronto llega del colegio.
Cuando ella llega, el sitio se vuelve aún más vivo y hermoso. Su sonrisa y sus ganas de vivir lo iluminan todo. Puedo disfrutar tranquilamente unas horas de la tarde para compartir con ella, ayudarla con sus tareas, saber cómo estuvo su dia y contarle como ha sido el mío, hablar sobre el libro que cada una está leyendo. Poder estar ahí para ella.
Al final de la tarde tengo oportunidad de compartir con alguien, algo de lo poco que sé. Una charla, una clase o una lectura compartida me permiten devolver algo de todo lo que he recibido de la vida.
Puede que al caer la tarde lleguen algunos amigos y familiares. Me alegra tener tiempo para recibirlos y poder dedicarnos al hermoso pasatiempo de la tertulia. Cómo disfruto poder tomar una cerveza con ellos y al mismo tiempo con Gabo, Borges, Kafka, Urasawa, Murakami, Vallejo, Kundera, Saramago, Poirot o Los Hermanos Karamazov.
Por que no?



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